revolución verde

Agricultura familiar, consumo responsable y ecofeminismo.

La industrialización alimentaria promueve una alimentación repleta de químicos y conservantes que encarecen, contaminan, enferman y destruyen la agricultura campesina. La producción global de alimentos no es posible sin la distribución mundial en manos de las mismas corporaciones.

La agricultura familiar apostó, para salvarse, por la revolución verde. Pero sólo avanzó en su degradación. Ahora, su parte más consciente vuelve la mirada hacia a la producción ecológica, pero debe defenderse de la globalización alimentaria profundizando los rasgos de la producción ecológica en la preservación de la biodiversidad del suelo y de las variedades de cultivo, en el uso responsable y el cuidado del agua, volviendo a combinar agricultura, ganadería y bosques, apostando por la estrategia residuos cero y la economía circular y favoreciendo un movimiento de consumidor@s agroecológic@s y circuitos cortos de comercialización. Es decir, recuperando los buenos oficios de la agricultura campesina. De lo contrario, la “moda” de alimentos ecológicos será satisfecha por una producción sin químicos, igualmente mercantilizada, globalizada y ajena a la agricultura familiar.

La comida basura

En el contexto actual de proliferación de comida basura y medicalización para tapar sus daños, los hábitos de consumo impuestos por la publicidad van en dirección contraria. El consumo responsable depende de la elaboración y difusión de una cultura alimentaria ecológica, de temporada y producción campesina. Esta cultura agroecológica debe superar la desigualdad de hombres y mujeres tanto en las tareas de producción de alimentos como en las de reproducción de la vida (alimentación y cuidados de niñ@s, enferm@s y personas dependientes).

El papel de la mujer en la agricultura

La actividad de las mujeres agricultoras en la economía agraria familiar, aunque comparece en la contabilidad nacional, comparte con el trabajo doméstico elementos de subordinación a los hombres: no remunerada, a menudo sin seguridad social, subordinada a la autoridad masculina que detenta la titularidad de la explotación y las ayudas oficiales y asumiendo, parte importante del trabajo productivo y casi todo el trabajo de cuidados.

El espacio familiar permite que las personas sean devueltas, cada día, descansados, alimentados y satisfechos, al proceso de producción. La comida industrial aunque ahorra tiempo de cocina, significa enfermedades que suponen más trabajo de cuidados para las mujeres. La economía considera las tareas de cuidados un asunto privado. Pero la producción y reproducción de la fuerza de trabajo es un problema social.

Para salvar a la agricultura familiar hay que poner en el centro el trabajo de cuidados. Los trabajos de cuidados y el consumo responsable de alimentos son trabajos invisibles, incluso para la agricultura familiar. Por eso deben ser tenidos en cuenta para trascender la esfera privada y familiar, adoptar una forma cooperativa y ser compartidas por hombres y mujeres. No habrá una agricultura campesina sin un consumo agroecológico ecofeminista, cooperativo, en responsabilidad compartida campo-ciudad y al margen del mercado global.

Pilar Galindo

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