Inseguridad y arrogancia: emisores y receptores atencioenergéticos habituales.

 El puente de la atención: Capítulo 7
Los inseguros: emisores atencioenergéticos habituales.
Cuando un individuo no tiene confianza en sí mismo y se halla en la compañía de otras personas, teme hacer comentarios o emprender acciones que puedan ser motivo de rechazo. Por consiguiente, si se hallan inmersos en una conversación, prefieren escuchar a sus interlocutores antes que hacerse escuchar por estos últimos. Del mismo modo, si se hallan, por ejemplo, realizando alguna tarea en grupo, también preferirán que sean otros quienes los dirijan, o incluso quienes se ocupen de realizar sino la mayor parte del trabajo, cuanto menos sí, aquellas partes más relevantes del mismo.
.   .Por lo que estos individuos, se pasan la mayor parte del tiempo en el que se ven prolongadas sus interacciones personales, volcando su atención y, por ende, su energía vital, sobre quienes les rodean; convirtiéndose de esta forma en emisores atencioenergéticos habituales.
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Uno de los ejemplos más comunes de conducta refrenada por sentimientos de inseguridad, es el de los sujetos pronunciadamente tímidos.
Los tímidos, desde la que es su falta de autoestima o confianza en sí mismos, tienden a reprimir cualesquiera que sean sus impulsos de autoexpresión, por miedo a ir a ser rechazados o juzgados por otras personas como torpes, bobos, o inútiles ––entre un largo etcétera de apelativos en mayor o menor grado denigrantes––, de tal forma que prefieren que sean estas últimas las que lleven la voz cantante a lo largo de una conversación o actividad y, consecuentemente, casi nunca son ellos los que capturan la atención de sus interlocutores o acompañantes, sino, más bien, todo contrario, e incluso cuando un tímido opta por dar un paso adelante ––o se ve forzado a ello por las circunstancias–– y se convierte en el principal foco de atención, generalmente apenas es capaz de retraer su atención hacia dentro de sí con la suficiente fuerza como para volcar el efecto reloj de arena a su favor muy intensamente, debido a que hallándose bajo el influjo de sus inseguridades y/o sentimientos de rechazo, no puede evitar permanecer “demasiado” pendiente o atento al cómo reaccionarán los demás ante sus palabras o acciones; con lo que quiero dar a entender, que un individuo inseguro de sí mismo, conferirá un elevado grado de su atención a sus interlocutores atencionales, incluso en aquellos momentos en los que debiera de estar concentrando susodicho grado de atención hacia dentro de sí para poder hablar o actuar con corrección. Por lo que es precisamente su miedo al “qué pensarán de mí” ––reflejo de su falta de confianza en sí mismos––, lo que en tantas ocasiones empuja a estos individuos a encontrarse en situaciones en las que sin venir a cuento se les traba la lengua o actúan con torpeza; ya que al volcar de esta forma su atención sobre otras personas, no hacen sino que transferir sobre estas últimas la energía que debieran de estar utilizando para hablar o actuar con una mayor eficiencia. Casi siempre que nos hallemos en la compañía de un individuo pronunciadamente inseguro, así sea porque ésta sea su forma de auto percepción más habitual, o porque, momentáneamente, se vea abocado por las circunstancias a sentirse inseguro, comprobaremos como nuestros niveles de energía vital tenderán a verse incrementados; siendo esta la razón principal por la que, generalmente, todos nos sentimos cómodos en la compañía de individuos poco seguros de sí mismos. O, cuanto menos, a priori; es decir, mientras que éstos no se acostumbren a cargar en demasía sobre nuestras espaldas la responsabilidad de su bienestar; ya que en ese caso, también podríamos comenzar a sentirnos en mayor o menor grado asfixiados ––o incluso faltos de libertad–– en su presencia
Los arrogantes: receptores atencioenergéticos habituales. Existe, sin embargo, una forma de manifestación de la inseguridad personal, que no solo no convierte a sus manifestantes en emisores atencioenergéticos habituales, sino, que, por el contrario, los convierte en receptores atencioenergéticos habituales.
La arrogancia, también conocida con muchos otros nombres como lo son los de la presunción o soberbia, es una forma de conducta que los seres humanos empleamos para tratar de encubrir nuestras inseguridades personales; no solo a nuestros ojos, sino, que, también, a los de quienes nos rodean.
Llevados en alas de ésta tan engañosa forma de conducta que es la de la arrogancia, nos esforzamos por reclamar insistentemente la atención de otras personas con una doble intención: la de demostrarles o dejar de manifiesto nuestra presunta superioridad para, de este modo, satisfacer nuestra imperiosa necesidad por alejar de nuestra conciencia ––y de las de quienes nos rodean–– aquellos sentimientos de inferioridad y/o de vacío que la perturban. Siguiendo estos derroteros, desarrollamos un número indeterminado de formas de reclamo atencional fuera de lugar, así éstas sean gestuales o verbales, con las que, obviamente, capturamos la atención de nuestros interlocutores con una mayor intensidad e insistencia ––dada nuestra ya reseñada imperiosa necesidad de demostración–– de la que en unas circunstancias normales resultaría estrictamente necesaria; con lo que, consecuentemente, forzamos también a estos últimos, a transferirnos unas cantidades de energía vital igualmente extraordinarias; convirtiéndonos de esta forma en receptores atencioenergéticos prácticamente permanentes.
Luego, por otra parte, se da también la circunstancia de que el individuo arrogante, cayendo presa de las comparaciones que él mismo establece para situarse en una posición más elevada que la de los, a juicio suyo, “pobres mortales” que le rodean, no puede evitar restar importancia a todo aquello que estos últimos viven, hacen, o dicen. Y, consecuentemente, si lo que quiera que sus interlocutores están viviendo, haciendo, o diciendo, carece de importancia para él, el grado de atención que éste tenderá a conferirles será, así sea en un mayor o menor grado, pobre. Por lo que podemos llegar a la conclusión de que el individuo arrogante no solo es que reclame muy intensamente la atención de quienes le rodean, sino, que, cuando le llega la hora de conferir a estos últimos su atención, aun por encima se da el caso de que prácticamente no puede evitar conferírsela a cuenta gotas, manteniéndose en una posición de lejanía o de distanciamiento; razón por la cual muchos de estos individuos pueden inspiran a sus interlocutores sentimientos de desatención e incluso desamor de lo más variopintos. Tal y como puede sucederle a cualquier persona, por muy segura de sí misma que ésta sea, en aquellas ocasiones en las que sí o sí, necesita de la ayuda de otra persona para poder hacer algo que ella misma no puede o no sabe cómo hacer.2 En la segunda parte de esta obra, en el capítulo “vampirismo por adhesión”, ahondaremos mucho más profundamente en las consecuencias que esta forma de conducta de conducta individual puede tener para quienes la sufren desde el exterior.Colaboración de: Fernando Vizcaino

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